Miriam Mayorga

Ha sido maestra en el salón, en el patio y también en esos momentos que no aparecen en ningún programa educativo: cuando un niño no quiere empezar, cuando no quiere terminar, cuando necesita repetir una y otra vez o cuando simplemente necesita que un adulto se quede cerca.

Durante veinticinco años ha observado algo que parece sencillo, pero que cambia profundamente la manera de acompañar a un niño:

cada infancia tiene su propio ritmo.

Miriam ha aprendido a mirar el juego que se interrumpe, la pregunta que no cabe en una respuesta rápida, el cuerpo que necesita moverse antes de poder concentrarse y ese silencio que, muchas veces, también está diciendo algo.

Su trayectoria la llevó a comprender que educar no siempre significa intervenir.

A veces significa esperar.

A veces significa observar.

A veces significa proteger el juego, permitir otro intento y no apresurar aquello que todavía está creciendo.

Y, sobre todo, entender que acompañar a un niño no es moldearlo para que encaje, sino crear las condiciones para que pueda descubrir quién es y cómo aprende.

Pero después de tantos años cerca de las infancias, Miriam encontró una pregunta que la llevó un paso más allá:

¿De qué sirve aprender a mirar a un niño si esa mirada no alcanza también a los adultos que caminan junto a él?

A las madres y los padres que llegan al final del día preguntándose si lo están haciendo bien.

A quienes cuidan.

A quienes enseñan.

A quienes, aun queriendo acompañar con paciencia, a veces se quedan sin herramientas cuando el día se vuelve difícil.

De esa pregunta nació Salón Verde.

Nació de años de observar, estudiar y buscar maneras de traducir lo que una infancia necesita en algo que un adulto pueda realmente sostener en su vida cotidiana.

Miriam no propone recetas para educar ni pretende decirle a una familia cómo debe criar.

Su trabajo parte de una pregunta:

¿Qué puede cambiar cuando dejamos de preguntarnos solamente qué hacer con un niño y comenzamos a preguntarnos qué está tratando de decirnos?

Porque para Miriam, acompañar a un niño no significa llevarlo hacia un resultado determinado.

Significa estar cerca mientras descubre quién es, cómo aprende y qué necesita para seguir creciendo.