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¿En qué momento dejamos de acompañar a los niños y empezamos a administrarlos?

Hace unos días, camino a una mentoría con uno de mis alumnos, recordé un artículo de Eva Millet sobre la hiperpaternidad.

Y pensé en nuestras agendas.

Posadas.
Piñatas.
Karate.
Fútbol.
Piano.
Inglés.
Natación.
Terapias.
Tareas.
Festivales.
Más actividades.

Todo cuidadosamente elegido.
Todo pensando en ellos.
Todo, en apariencia, para darles más oportunidades.

Pero… ¿cuánto espacio queda para que un niño descubra qué quiere hacer cuando nadie se lo propone?

Me inquieta una idea:

¿Será que, sin darnos cuenta, empezamos a mirar a nuestros hijos como proyectos que tenemos que desarrollar?

Que aprendan.
Que destaquen.
Que aprovechen el tiempo.
Que tengan habilidades.
Que estén preparados.

Y mientras construimos cuidadosamente ese futuro…

¿les estamos dejando suficiente infancia?

Porque un niño también necesita descubrir que no le gusta el piano.

Que hoy no quiere fútbol.

Que puede aburrirse durante una tarde entera.

Que una caja puede ser más interesante que una actividad programada.

Que puede decir “no sé”.

Que puede probar algo y abandonarlo.

Que puede equivocarse sin que inmediatamente aparezca un adulto para corregir el rumbo.

Eva Millet habla precisamente de recuperar el juego libre, el aburrimiento, la autonomía y la posibilidad de que los niños vivan experiencias que no estén permanentemente dirigidas por los adultos. Leer la entrevista completa en Ethic

En Salón Verde nos queda una inquietud dando vueltas:

¿Y si el desarrollo de un niño no consiste en llenar todos sus espacios, sino también en dejar algunos vacíos para que él descubra quién es?

Tal vez no necesitan una infancia más productiva.

Tal vez necesitan una infancia donde puedan escucharse.

Y para eso, a veces, hay que dejar un poco de espacio en la agenda.

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